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1 de julio de 2015

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30 de junio de 2015 | Silver Spring, Maryland, Estados Unidos | Todd McFarland, asesor legal asociado, Asociación General, y Orlan Johnson, director de asuntos públicos y libertad religiosa, División Norteamericana
El fallo de la Corte Suprema de los Estados Unidos que declara un derecho constitucional el matrimonio entre personas del mismo sexo crea muchos interrogantes para la iglesia.
La decisión, dada a conocer el 26 de junio de 2015 en el caso Obergefell vs. Hodges, fue recibida con aprehensión por muchos miembros de la Iglesia Adventista. En particular, muchos feligreses se preguntan qué impacto podría tener esta decisión en la capacidad que tiene la iglesia de llevar adelante una misión que esté de acuerdo con los principios bíblicos.
Es muy improbable que el fallo de la Corte Suprema tenga un impacto directo e inmediato sobre la iglesia. Por el contrario, la preocupación es más bien considerar qué efectos colaterales podrían aparecer con el tiempo al tener una estructura legal que apoye una definición diferente del matrimonio respecto de la que afirma la iglesia. Asimismo, y lo que quizá es más importante, esta decisión tendrá un impacto sobre las ya cambiantes actitudes sociales, y en consecuencia requerirá que la iglesia halle un cambio que le permita operar en una sociedad que ha cambiado.
Aunque es importante que nos mantengamos vigilantes en este tema y que es natural tener cierto nivel de preocupación, no deberíamos ver este fallo, o aun toda la cuestión, con una preocupación desproporcionada. Difícilmente sea esta la primera vez que la sociedad se ha desviado del ideal de Dios. Somos llamados a ser la sal y la luz de este mundo, y a esparcir el evangelio. Una atención indebida a este o a cualquier otro tema que nos distraiga de la misión que tenemos es tan dañina como cualquier ley o fallo judicial. Dios nos ha pedido que hagamos su obra; él no nos dará una sociedad en la que sea imposible hacerlo.
Como adventistas del séptimo día, deberíamos estar equipados de manera especial para enfrentar cualquier desafío que este caso pueda producir. Aunque ha sido fácil de olvidar en los Estados Unidos de la modernidad, como “pueblo peculiar” de Dios hemos estado viviendo en una sociedad de la cual no hemos formado parte plenamente durante parte o toda nuestra historia. En todos los temas, ya sea el sábado, la dieta o al abstinencia del alcohol, nos hemos ido alejando de la sociedad en general por nuestro propio camino. A pesar de todo eso, hemos hallado una manera de seguir adelante con nuestra misión de esparcir el evangelio, mientras aún somos parte de un mundo pecaminoso.
A pesar de ello, es verdad que enfrentamos algunos desafíos específicos como resultado de este cambio social, que tenemos que aprender a enfrentar. Es tan importante que entendamos de dónde no vendrán los conflictos potenciales entre las creencias de la iglesia y las regulaciones del gobierno, como saber de dónde sí lo harán. Es probable que no haya conflictos con pastores adventistas que quieran ser forzados a llevar a cabo matrimonios entre personas del mismo sexo. No se requerirá que las iglesias adventistas lleven a cabo bodas para una pareja que la iglesia crea que no tiene derecho de contraer matrimonio. Las protecciones de la Primera Enmienda son lo suficientemente sólidas, de manera que cualquier ley que tratara de imponer esos requisitos sería abolida por cualquier juez federal del país.
En efecto, hablar de esta serie de supuestas catástrofes, en la que los pastores son arrojados a la cárcel por predicar el evangelio o las iglesias son cerradas por no llevar a cabo matrimonios entre personas del mismo sexo no solo va en contra de los hechos sino que resulta contraproducente. Las afirmaciones sin base y alarmistas han permitido que los que defienden el matrimonio entre personas del mismo sexo establezcan argumentos encubiertos infundados que pueden ser fácilmente contrarrestados, para entonces sostener que se ha respondido a todas las preocupaciones sobre libertad religiosa. Una afirmación sin fundamento de persecución religiosa o de violación de la libertad religiosa no ayuda a la causa.
Es improbable que el conflicto se dé dentro del templo en sí o con el pastor. Los primeros desafíos se harán presentes en los ministerios asociados a la iglesia. Nuestras instituciones educativas, de salud, programas de servicio comunitario, agencias asistenciales, y cualquier lugar en donde la iglesia entre en contacto con la sociedad en general será el lugar donde entrarán en colisión las regulaciones del gobierno y las creencias de la iglesia. Si se contrata a no adventistas, si se brinda servicios a los que no son miembros, o si hay de por medio dinero del gobierno (lo que incluye el formulario de una exención impositiva), la iglesia sufrirá diversos niveles de riesgo.
Es aún incierto de qué manera y dónde la iglesia y sus miembros experimentarán la presión legal. Todo el que sostenga que conoce dónde se encuentra la línea que divide la libertad religiosa y los derechos de los homosexuales terminará por afirmar que tiene el don de profecía, o es que está alucinando. Además, en los Estados Unidos, diversas partes del país enfrentarán cuestiones diferentes. Mississippi no es California, y aunque acaso haya cuestiones que afectan a todo el país, gran parte del debate se centrará en ordenanzas de cada estado y aún municipales.
La cuestión de la libertad religiosa se hizo presente tanto en los argumentos orales como en el fallo de la corte. Fue el tema del amicus curiae presentado por la iglesia en el caso, el cual fue citado en la opinión disidente. El juez Anthony Kennedy, en su opinión de mayoría, expresó algunas garantías al decir que la Primera Enmienda otorga la “protección adecuada” a los que están en desacuerdo con el fallo de la corte. Pero en realidad no se sabe bien qué constituye exactamente la protección adecuada, al igual que en muchas otras cuestiones en este ámbito.
La descripción que hizo Kennedy de estas protecciones no resultó muy reconfortante.  Dejó escrito que los individuos podrían “continuar con la estructura familiar que por tanto tiempo han venerado”. Aunque reconforta saber que nadie se verá forzado a un matrimonio entre personas del mismo sexo, ese difícilmente era el peligro. Lo que es más importante, también dijo que las personas de fe podrían “enseñar los principios que resultan tan satisfactorios y tan fundamentales para su vida y su religión”.
Lo que no estuvo presente en su opinión, como expresó el juez John Roberts en su declaración de disconformidad, fue alguna garantía de que en realidad podrán practicar esa fe. No es casualidad que la opinión solo se pronunció sobre la enseñanza y no el ejercicio de la religión. La Corte Suprema ha sostenido por mucho tiempo que uno es libre de creer lo que uno quiere. Pero como se dijo en el caso Estados Unidos vs. Reynolds cuando mantuvo la prohibición a la poligamia, uno no siempre es libre de practicar esa creencia.
En un caso más reciente, la corte dijo que el IRS podía revocar el estado de exención impositiva de una institución religiosa llamada Universidad Bob Jones debido a que su reglamento de no permitir noviazgos interraciales violaba reglamentos públicos. Cuando se le preguntó si se podían extender consideraciones similares a casos de discriminación por orientación sexual, el abogado del gobierno reconoció que era una posibilidad.
Gran parte de lo que suceda en el conflicto de derechos entre los derechos religiosos y los derechos de los homosexuales dependerá de la capacidad de presentar el argumento de que los derechos religiosos están basados en algo más que una animosidad hacia los homosexuales y que el interés de los homosexuales seguirá siendo protegido. Ya ha quedado en el pasado la era de efectuar simplemente una afirmación de libertad religiosa y esperar que las cortes la acepten.
Como adventistas, tenemos que reconocer que el gobierno tiene el derecho de tomar decisiones que sienta que son las mejores para sus ciudadanos, aun cuando esas decisiones estén en conflicto con nuestras más profundas creencias bíblicas. Lo que podemos esperar del gobierno, sin embargo, es que tome en cuenta los intereses de todos sus ciudadanos, lo que incluye a los que ven el matrimonio como una relación exclusiva entre un hombre y una mujer.
El desafío de hacer arreglos para acomodar las necesidades de los grupos divergentes en el ámbito teológico y moral es uno que los adventistas pueden estar singularmente calificados para coordinar. Desde nuestra fundación hemos sostenido creencias únicas entre las demás denominaciones cristianas. Ya sea al guardar el sábado en lugar del domingo, no usar alcohol o tabaco, o aun en nuestras elecciones de entretenimientos, por mucho tiempo hemos hallado la manera de hacernos de un espacio para vivir y practicar la misión en una sociedad que no acepta esas posturas de buena gana. Este desafío es un tanto diferente, pero bien podemos estar a la altura de él.
Las cuestiones legales que presenta esta Corte Suprema no son las únicas preocupaciones que presenta el tema del matrimonio entre personas del mismo sexo, y potencialmente tampoco es el más grande. El rápido cambio en las actitudes relacionadas con los homosexuales ha sorprendido a las personas a ambos lados del debate. Ninguna otra cuestión ha visto un cambio sísmico con tanta rapidez en la historia estadounidense. El rápido cambio en la opinión pública ha dejado a la iglesia en una posición de grandes desafíos a la hora de decidir cuál es la mejor manera de ministrar a los homosexuales mientras, al mismo tiempo, mantener nuestras enseñanzas bíblicas sobre el matrimonio y la sexualidad humana. Los cristianos en general y los cristianos conservadores en particular no siempre han entendido bien este equilibrio. Sea justo o no, muchos homosexuales y muchos integrantes de la sociedad han llegado a ver a los cristianos y a las personas de fe como el enemigo. Esta es una perspectiva peligrosa que dejar sin contestar, tanto en términos legales como sociales.
La ley no es formada en un vacío. Los que hacen e interpretan la ley se ven influidos por la sociedad y sus perspectivas. Si los que no reconocen el matrimonio entre personas del mismo sexo son vistos como intolerantes o motivados por la animosidad, la ley simplemente no les brindará ninguna protección significativa. Aunque no se expresa explícitamente en la opinión, hay pocas dudas de que una razón significativa por la que la Universidad Bob Jones perdió su caso se debe a que fue vista por muchos como racista e intolerante, y no porque simplemente estaba tratando de seguir su comprensión de la Biblia. Los que sostienen una perspectiva del matrimonio que solo contempla la relación de un hombre y una mujer no pueden permitir que los pongan en la categoría de fanático intolerante. Si los cristianos son percibidos como fanáticos intolerantes, podemos esperar el más mínimo nivel de protección legal, y no la simpatía de la sociedad. Apenas seremos tolerados.
Esta preocupación de que la Corte Suprema potencialmente catalogue nuestra creencia como intolerante, algo que la corte no hizo explícitamente, fue la razón principal por la que la Iglesia Adventista efectuó la presentación que hizo sobre la cuestión. A pesar del lenguaje de Kennedy sobre las creencias religiosas “decentes y honorables”, existe una amenaza sumamente real de que la sociedad aplique este calificativo.
Si la posición bíblica de la iglesia sobre el matrimonio y la sexualidad humana es catalogada por la sociedad como intolerante o fomentadora del odio, las amenazas no están dadas tan solo sobre su estrategia legal. Un calificativo tal también podría interferir sino realmente destruir nuestra capacidad de testificar a los homosexuales y a la sociedad como un todo. A cualquiera iglesia que sea vista como intolerante y fanática se le hará mucho más difícil que la escuchen, y todavía mucho más difícil poder convencer a alguien para que acepte su mensaje.
Este problema no puede ser resuelto por los abogados. Tiene que ser tratado por todos los miembros de la iglesia. La posición de la Iglesia Adventista sobre la sexualidad humana y sobre cómo relacionarse con los homosexuales es equilibrada y a la vez está basada en las Escrituras. Si estamos comprometidos con la verdad bíblica, esas expresiones de sexualidad deberían limitarse a los matrimonios heterosexuales monógamos, pero la iglesia también hace un llamado a tratar a todas las personas con el amor y la compasión de Cristo. Asimismo, deja en claro que ninguno tiene que ser señalado para que sea motivo de desprecio, burla o abuso.
Como lo demostró el ministerio de Cristo sobre esta tierra, para alcanzar a las personas primero tenemos que hacerlos sentir que son amadas y respetadas. No alcanza con tan solo decir que amamos a una persona o a un grupo: tenemos que demostrarlo. Las congregaciones, incluidas las adventistas, no siempre han sido el mejor reflejo del amor de Cristo a nuestros hermanos y hermanas homosexuales. La retórica y los hechos en ocasiones han sido innecesariamente duros y críticos. También hemos perdido oportunidades de ministrar a los individuos que sienten atracción por personas del mismo sexo.
Cuando la crisis del HIV/SIDA azotó por primera vez los Estados Unidos en la década de 1980, los afectados por lo que por entonces era una enfermedad fatal y terrible se vieron cortados de los sistemas de apoyo más tradicionales. Los hombres homosexuales que se vieron mayormente afectados por la enfermedad en sus primeros años a menudo fueron alienados de sus familias o de las fuentes de apoyo acostumbradas. Estos hombres homosexuales crearon con el tiempo un grupo completo de organizaciones de servicios sociales para satisfacer estas necesidades, pero llevó tiempo, y muchos hombre murieron completamente solos antes de esto se hiciera realidad.
En los relatos de los evangelios de los encuentros de Jesús con los leprosos, los cristianos tienen un poderoso ejemplo de la manera en que Cristo se relacionó con las personas que sufrían de una enfermedad fatal con un significativo estigma social que, creía la mayoría, era resultado del pecado personal. Aunque muchos cristianos individuales y algunas congregaciones hicieron un esfuerzo conjunto para ministrar a los que estaban muriendo de SIDA, esa no fue la respuesta más común. Si la respuesta de la comunidad cristiana hubiera sido la de salvar esta brecha, el testimonio habría sido inimaginable. Igualmente habría sido el resultado si las iglesias locales hubieran llevado comida a los que estaban muriendo en sus hogares, ayudado a bañarlos, o sostenido sus manos mientras sufrían esas terribles muertes en números inimaginables. La Iglesia Adventista y muchos otros grupos cristianos poseen hoy día ministerios efectivos y robustos relacionados con el HIV/SIDA, pero perdimos la oportunidad de no hacerlo mucho antes.
Nuestro desafío es hoy en día hallar una manera de no solo conseguir las exenciones y arreglos legales que necesitamos para llevar adelante nuestro ministerio y mantener nuestra fe bíblica, sino tratar de ministrar verdaderamente a un grupo de personas con el cual por lo general no nos hemos sentido cómodos. No existe un registro bíblico de que Cristo no se asociara con un determinado grupo de pecadores. Como adventistas, necesitamos poner nuestras palabras de amor y compasión para todos en acción, de una manera que las personas sientan nuestro amor y compasión. Esto no requiere que comprometamos nuestras creencias, no más de lo que las comprometió Cristo durante su ministerio. Pero seguramente requerirá mucho análisis con oración de nuestra actitud y esfuerzos de nuestra parte.
Ojalá que podamos dirigirnos y guiar a otros hacia Cristo, quien puede brindar una restauración plena conforme a su imagen, que es el objeto de la misión y el ministerio de salvación de Cristo, que culminará con su pronto regreso, cuando todas las cosas serán hechas nuevas.
Traducción de Marcos Paseggi

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